Mi portátil ASUS Zenbook lleva meses con Fedora KDE Plasma como sistema principal de trabajo, con Ghostty, Zen Browser y el resto del setup que ya tengo bien afinado. Cuando salió Fedora 43, con GNOME diciendo adiós definitivo a X11 y el paso a RPM 6.0/DNF5, tocaba actualizar y valorar si el salto merece la pena para quien, como yo, usa la variante KDE del sistema.
Lo que más se nota en el día a día
El paso a initrd comprimido con zstd y la nueva partición /boot de 2GB reducen el tiempo de arranque de forma perceptible, no solo en benchmarks — se nota al encender el portátil por la mañana. KDE Plasma 6.4 llega con los ajustes habituales de pulido que cada versión de Plasma va incorporando, sin cambios revolucionarios pero con la sensación constante de que el escritorio mejora en cada entrega.
El abandono definitivo de X11 en GNOME es la noticia que acapara los titulares, pero para quien usa KDE como yo, el cambio real y silencioso está en cuánto ha mejorado el arranque del sistema.
El día a día
La migración a DNF5 como motor del instalador Anaconda es un paso más hacia dejar atrás DNF4, y en el uso diario del gestor de paquetes ya no hay diferencia perceptible salvo cierta mejora de velocidad en operaciones habituales. El instalador Anaconda WebUI, ahora por defecto en más variantes, da una experiencia de instalación más moderna y consistente entre las distintas ediciones de Fedora.
Dónde cojea
Para quien no usa GNOME, el titular principal del lanzamiento (fin de X11) no aplica directamente — sigue siendo una noticia relevante para el ecosistema en general, pero no cambia nada en el día a día de un usuario de KDE. Y como con cualquier actualización mayor de Fedora, conviene revisar notas de lanzamiento antes de actualizar equipos de producción, por si algún paquete concreto tiene comportamiento distinto.



